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EsZenit vio la luz a la vez que el otoño el 22 de septiembre de 2017 en la terraza de la séptima planta del Palacio de Cibeles de Madrid. Lo hizo al caer el sol y de la mano de la compañía de danza contemporánea La Phármaco, que mezcló danza y poesía en su espectacular versión de la pieza “Embodying what was hidden”.

Esta presentación, titulada “Alumbramiento”, estuvo concebida como tal y constituyó la primera de una serie de ceremonias colectivas y crepusculares que partirán desde el corazón de la ciudad para expandirse radialmente a las alturas de todas sus periferias. Factoría Cultural y CentroCentro nos asistieron en el parto.

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Alumbramiento

Alumbramiento

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El 22 de septiembre de 2017 Luz Arcas bailó en la presentación del festival EsZenit poco antes de dar a luz a su primera hija. Lo hizo al caer el sol y en la azotea del Palacio de Cibeles, diosa telúrica y fértil, iniciadora de Dionisos en los misterios y poderosa alumbradora ella también. El carácter ritual de la pieza, Embodying what was hidden, y su intrínseca ambigüedad farmacológica (pharmako: veneno/remedio) no pudieron contar tampoco con un marco temporal más apropiado: el equinoccio de otoño, festividad mágica del calendario pagano en la que los contrarios, las luces y las sombras, el bien y el mal, se equilibran y confunden de un modo mucho más complejo y sugerente que el desplegado por la ortodoxa y maniquea vocación solsticial de las grandes religiones. El festival y el otoño de 2017 nacieron por lo tanto a la vez, poco antes de la hija de Luz.

La presentación de Eszenit fue un alumbramiento y la primera de una serie de ceremonias colectivas y crepusculares que parten desde el corazón de la ciudad para expandirse radialmente a las alturas de todas sus periferias, proponiendo una nueva convergencia y un nuevo movimiento de los cuerpos.

Alumbrar es siempre otorgar un don: dar vida, dar luz, dar lumbre. La lumbre es “la claridad que irradia un cuerpo en combustión”. Nuestros cuerpos lo están desde que nacen, desde que son alumbrados y, encendidos, comienzan a respirar, hasta que, apagándose, dejan de arder y de ser. La danza es una de las expresiones más bellas de esta combustión interna que no cesa y de la propia lucha de la materia viva y consciente contra esa oxidación inexorable. Pero la lumbre es también el espacio franco que la ventana del alma deja a la luz para que la ilumine y, al hacerlo, la haga libre. Concebimos este alumbramiento como un comienzo, pero también como un ejercicio de libertad. Para Hannah Arendt la libertad consiste, precisamente, en la capacidad de comenzar, de empezar algo nuevo, de alumbrar lo inesperado, actualizando en cada comienzo esa cualidad con la que todos los seres humanos estamos investidos desde que somos, nosotros mismos, alumbrados.

Actuar, danzar, es actualizar la libertad y el milagro de todo comienzo, inherentes a nuestro nacimiento. Cada vez que actuamos, cada vez que danzamos, cada vez que empezamos algo nuevo en el mundo, actualizamos el milagro de nuestro nacimiento con nuevos milagros que cambian el curso del mundo inscribiendo en él lo inesperado. Este carácter de deslumbrante imprevisibilidad es ingénito a todos los alumbramientos. También lo fue al de EsZenit.

Con él quisimos reconciliar a Madrid con su cielo y, de la mano de La Phármaco, comenzar a encarnar aquello que estaba oculto conquistando una nueva fachada para la ciudad y para las artes: la celeste.

La ciudad estuvo invitada al parto.

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